Tengo una hernia discal: ¿Debo operarme?

Recibir el diagnóstico de una hernia discal suele generar una preocupación inmediata en muchos pacientes. Una de las primeras preguntas que me hacen al comunicar el resultado de la resonancia magnética es: “¿Necesito operarme?”. Sin embargo, la respuesta no depende únicamente de la presencia de una hernia, sino de múltiples factores que deben ser valorados individualmente.

Lo primero que conviene saber es que tener una hernia discal no significa necesariamente que vaya a ser necesaria una cirugía. De hecho, una gran parte de las hernias discales, alrededor del 85% de veces, pueden tratarse de manera conservadora, sin necesidad de pasar por el quirófano. Estudios realizados en pacientes asintomáticos han demostrado incluso que muchas personas presentan hernias discales en las pruebas de imagen sin experimentar ningún dolor o limitación funcional.

La hernia discal se produce cuando la parte más externa y resistente del disco intervertebral, llamado anillo fibroso se rompe, y el contenido más central que es como una gelatina, llamado núcleo pulposo, se desplaza y eventualmente puede llegar a comprimir una raíz nerviosa o la médula espinal. Esta compresión puede provocar síntomas como dolor lumbar o cervical, dolor irradiado hacia una extremidad (ciática o braquialgia), hormigueos, pérdida de sensibilidad o disminución de la fuerza muscular.

La decisión de operar no se basa en el tamaño de la hernia que aparece en una resonancia, sino en la relación entre esa imagen y los síntomas del paciente. En muchas ocasiones, una hernia de gran tamaño puede causar pocas molestias, mientras que una hernia más pequeña puede producir un dolor intenso si comprime una estructura nerviosa especialmente sensible. De nuevo, cada paciente es distinto y hay que evaluarlo en su real contexto.

En términos generales, el tratamiento inicial suele ser conservador. Este puede incluir medicación analgésica y antiinflamatoria, fisioterapia, ejercicio terapéutico adaptado y modificaciones temporales de la actividad física. Incluso, podríamos derivarte a la Unidad del Dolor (que es una unidad especializada dirigida por anestesistas) para realizar algún tipo de infiltración más dirigida. En un elevado porcentaje de pacientes, los síntomas mejoran progresivamente durante las primeras semanas o meses sin necesidad de cirugía.

Entonces, ¿cuándo se recomienda operar? Existen determinadas situaciones en las que la cirugía puede ser la mejor opción. Una de ellas es la presencia de un déficit neurológico progresivo, como pérdida de fuerza en una pierna o un brazo. También se considera cuando el dolor es muy intenso, incapacitante y persiste a pesar de haber realizado un tratamiento conservador adecuado durante un tiempo razonable (5 o 6 semanas sin clara mejoría). En situaciones poco frecuentes pero urgentes, como el síndrome de cola de caballo —que puede provocar alteraciones urinarias, intestinales o pérdida de sensibilidad en la zona perineal—, la cirugía debe realizarse de forma precoz / urgente.

Es importante entender que el objetivo principal de la cirugía es liberar la compresión sobre las estructuras nerviosas para aliviar los síntomas y evitar secuelas neurológicas. En pacientes correctamente seleccionados, los resultados suelen ser muy satisfactorios, especialmente cuando predominan síntomas como la ciática o el dolor irradiado hacia una extremidad.

La pregunta correcta, por tanto, no es únicamente “¿tengo una hernia discal?”, sino “¿esa hernia es realmente la causa de mis síntomas y está afectando a mi calidad de vida de una manera que justifique una intervención?”. Cada paciente presenta circunstancias diferentes y requiere una valoración individualizada. Por ello, la decisión de operar debe tomarse tras una evaluación completa por parte de un neurocirujano de columna, considerando tanto los hallazgos radiológicos como la situación clínica de cada persona.

En definitiva, tener una hernia discal no implica automáticamente necesitar cirugía. En muchos casos, el tratamiento conservador es suficiente. Cuando la operación está indicada, suele realizarse con el objetivo de aliviar el dolor, recuperar la función neurológica y mejorar la calidad de vida del paciente. La clave está en realizar un diagnóstico preciso y elegir el tratamiento más adecuado, basado en la evidencia científica, y respaldado por la ética profesional y la empatía con el paciente, para ayudarte así, a recuperar pronto tu calidad de vida.